miércoles, 29 de abril de 2009

Sin título

Pensé que cada lugar de congregación social estaba cerrado, completamente todo, hasta que recibí una llamada a mi móvil, mientras seguía con batería no dude en contestar, -¿Chema?- citó mi nombre la voz del otro lado, -Sí, ¿quién eres?, soy Gerardo Grande, te miró en la escuela a las 8, si puedes llevar algún libro será muy agradecido, recuerda al llegar, decir, Estampida de poemínimos, te miro allí,- no me dio ni un respiro para responder, me alisté, tomé unos libros del estante, mis ojos estaban ya cansados de leerlos una y otra vez, la realidad a la que me transportaban, hacía que mi mente abdicara de la opción mas viable, la más fácil, la más obvia, enloquecer. Llegué puntual, no había nadie en la puerta, así que llamé con tres golpecitos, del otro lado la puerta escuche decir, -¿Efraín Huerta?-, dudé, ¿qué carajo significaría eso, estaría en el sitio adecuado? como por impulso, y sin seguridad de mis acciones, pronuncié, -Estampida de Poemínimos-, abrieron la puerta lo suficiente para dejarme entrar, me jalaron, me despojaron del morral donde traía los libros, me sometieron, cubrieron mi cabeza y me amordazaron, hicieron que abriera la palma, y sentí el calor del hierro, quise gritar, pero el ardor que sentí cuando derramaron alcohol sobre la carne viva hizo que pediera conciencia. Cuando volví en si, pude ver a Gerardo, me dijo, -Bienvenido a la hermandad a la que siempre perteneciste, la de los amantes del conocimiento-, miré mi mano y vi claramente marcada, una moneda de cincuenta centavos, creo que no muchas cosas superaban ese valor en ese momento, me explicó que cuando empezó todo lo del virus, las sociedades de literatos decidieron unirse en una sola hermandad, revelaría muchas más cosas, pero ya estaba marcado, y más que una marca era un juramento, una devoción. Viví un tiempo con él, había muchas personas realmente cultas, personas capaces de citar capítulos enteros de novelas, más me confesaban que se sentían inútiles, me recordarón que el conocimiento no es tal, hasta que lo compartes, incluso, había religiosos, platicar con ellos, que me revelarán grandes aspectos, que hasta estos días seguían herméticos, me resultaba reconfortante, no estaba del todo mal, decían que el único consuelo que tenían, era el de saber, que las masas habían comprendido que cualquier Dios está en cada sitio, no se tienen que reunir a fingir en misas su devoción. Gerardo empezó a trastornarse, estuvo viviendo arriba de un árbol de hierbabuena, no quería que nadie se acercara lo suficiente para escucharlo, estuvo existiendo solo, sin nadie al rededor, sobrevivió un par de semanas comiendo las hojas, creo que afectaron sus facultades mentales, cuando por fin bajó, me miró de una forma tétrica, hostil, simplemente me dijo, -espero que hayas hecho todo lo que querías, por que aquí ya no hay mucho por hacer, vete, ya estamos condenados-.

Jose Maria Fernandez

3 comentarios:

  1. ¡¿qué tal comuna?!
    Disculpen las faltas de ortografía, y la redacción, voy a compartir un dato curioso de este relato, en realidad, es mi miedo, de lo que puede llegar a convertirse esto, en pandemia, me asusto cada vez que lo leo, ya no se que esta peor, mi mente retorcida o la realidad, críticas (constructivas por supuesto) son bienvenidas, no hay miedo que le gane a la creación.

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  2. ¡Qué buena historia, subterránea y clandestina, con poemínima contraseña! Gran atmósfera. ¡Bien!

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